jueves, 31 de mayo de 2007

ZAS, EN TODA LA BOCA

.El otro día me encontré con esto, acá.
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Éste es un ejemplo (bastante chusco, eso sí) de que, de un tiempo a esta parte, la consideración del doblaje por parte de público y profesionales ha experimentado un cierto cambio. Con el desarrollo de las comunicaciones y el espectacular aumento del intercambio de productos audiovisuales, las vías tradicionales de la traducción audiovisual se han visto desbordadas hasta ser, en algunos medios, totalmente superadas. Esta innegable modificación en las costumbres de los espectadores no puede obviarse a la hora de dar cuenta de la recepción de las traducciones en dichos canales de comunicación.
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La posibilidad de acceder a materiales originales y la capacitación lingüística y cultural (en este aspecto en concreto) de las nuevas generaciones de espectadores españoles añade un nuevo factor al ya de por sí complejo entramado de la traducción audiovisual. Hoy en día, en muchas ocasiones, los espectadores tienen la opción de disfrutar de una obra audiovisual tanto en su versión original como traducida (ya sea en las salas de cine, en deuvedé, en la televisión o en Internet). La diversidad de la oferta y la versatilidad de la tecnología actual permiten que, además, en muchos casos se ofrezcan dos opciones de traducción: añadir subtítulos a la imagen o suplantar la pista sonora original con la traducida. Esta capacidad de decisión por parte del espectador genera, inevitablemente, un criterio propio, y la posibilidad de comparar ambas opciones le permite formarse una opinión sobre la adecuabilidad y calidad de la traducción, en cualquiera de sus dos modalidades.
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La tradición del doblaje en nuestro país lo convierte en un caso particularmente curioso. Por razones tanto económicas como políticas, la instauración y el posterior fomento de esta modalidad dejó poco margen para otras vías de acceso de los productos audiovisuales menos intrusivas por lo que se refiere, al menos, a los textos dialogados. Por tanto, esta capacidad de decisión por parte del espectador, relativamente reciente, abre una nueva puerta al disfrute de una obra sin sufrir la suplantación de la pista sonora original. En España, esta vía de acceso suele verse coadyuvada por una traducción escrita en la pantalla, lo que se ha dado en llamar «versión original subtitulada». Esta modalidad permite preservar las voces originales de la obra, lo cual evita la habitual sensación de suplantación lingüística en la recepción del doblaje. Así pues, el espectador puede acceder al contenido lingüístico sobrescrito en la pantalla sin dejar de escuchar la forma original de ese contenido en boca de oradores o interlocutores. Obviamente, ni una ni otra modalidad pueden garantizar una experiencia igual a la de la obra original, tan sólo aspirar a ofrecer una experiencia equivalente dentro de sus propias limitaciones.
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En cualquier caso, parece que la ministra ya se ha decantado por una de estas dos modalidades. Y es que, hoy en día, por muchas y muy diversas razones, el mundo del doblaje está cada vez peor visto, como bien dicen los que se dedican a ello.
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miércoles, 30 de mayo de 2007

CON ACENTO EN LA «O»

O lo que es lo mismo, lo de tildar una palabra para que no se confunda con un número, es una de esas reglas que no hacen más que confundir una realidad que, de por sí, no tendría por qué ser confusa.

El punto (i) del apartado 4.6.1 de la OLE99 dice lo siguiente:

La conjunción disyuntiva o no lleva normalmente tilde. Sólo cuando aparece escrita entre dos cifras llevará acento gráfico, para evitar que se confunda con el cero. Así, 3 ó 4 no podrá tomarse por el número 304.

Sobra decir que no habría persona humana que confundiera uno con otro tal cual están escritos en esta página web, es decir, mecanografiados con un procesador de texto cuyos caracteres alfanuméricos, de por sí, distinguen el cero de cualquier otra cosa que uno pretenda escribir con él.

En el DUDEA (Diccionario de usos y dudas del español actual), Sousa lo deja más que claro:

En su oficio de conjunción disyuntiva, la letra o no debe llevar tilde en caso alguno, ni entre cifras: 1 o 2, 405 o 406, 1498 o 1499, ni entre letras: A o B, a o b. Gráficamente no hay posibilidad de confundir los signos o, O, 0 (respectivamente, o minúscula, O mayúscula y cero).

Y en su recensión del DPD, incide en el asunto:

Merece destacarse la insistencia académica en escribir tilde en la o cuando va entre cifras, 3 ó 4, cuando en realidad habría que escribir tres o cuatro, que es su grafía propia, o, con cifras, 3 o 4, bien distintas de 304.


El propio Libro de estilo de El País está en desacuerdo con la RAE:

Esta conjunción disyuntiva no llevará acento cuando se utilice entre dos cifras. Ejemplo: ‘fue en 1980 o 1981’. Aunque válida para un manuscrito, la norma sobre su acentuación huelga cuando tipográficamente, como en el caso de EL PAÍS, existe una clara diferencia entre un 0 y una o, incluso mayúscula: O.

Y hasta la Guía del principiante de la Unidad de Traducción del Parlamento Europeo dice algo al respecto.

Acentuar la conjunción «o» cuando figura entre cifras es una costumbre que se remonta a tiempos anteriores al tratamiento de texto, cuando la letra «o» podía fácilmente confundirse con el «0» (cero). Hoy en día ya no tiene justificación. Por lo tanto, no es necesario recurrir a la tilde.

Extraña, pues, que el DPD siga en sus trece y, tras explicar que en realidad la norma no es necesaria, salga con la siguiente frase:

No obstante, se recomienda seguir tildando la o en estos casos para evitar toda posible confusión.

Criterios hay para todos los gustos, pero resulta poco alentador que la autoridad, entre comillas, reguladora de una lengua deje la puerta abierta a la disparidad ortotipográfica en cuestiones que poco tienen que ver con el estilo, sino más bien con la unificación formal y la claridad (o la falta de ella) de la redacción de textos en castellano.


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viernes, 25 de mayo de 2007

REGULAR

Desde que, años ha, me topara con esa dichosa palabra en las cafeterías londinenses, ya sabía que me iba a traer problemas. Y no soy el único. Es lo que ocurre con el trasvase de culturas, que pocas veces se trata de un verdadero trasvase, sino más bien de la ocupación de una por parte de otra. El caso del adjetivo regular es un buen ejemplo.

La forma de esta palabra del inglés, idéntica a la del adjetivo castellano, la situó en un lugar inmejorable para dicha ocupación. Si dejamos al margen su acepción secundaria («De tamaño o condición habituales o inferiores a algo de su misma especie: Hiciste un examen regular, poco brillante pero sin fallos»), su significado principal en castellano no es muy diferente al del inglés: «Ajustado y conforme a regla». Si bien es cierto que la amplitud de esta definición permite muchos usos (como el del dichoso «regular latte», en inglés) y que muchos de ellos son muy parecidos entre el castellano y el inglés, en obras de referencia anglosajonas como el Merriam-Webster explicitan un uso que la definición castellana no incluye:

3 a : orderly, methodical (regular habits) b : recurring, attending, or functioning at fixed, uniform, or normal intervals (a regular income, a regular churchgoer, regular bowel movements)

Y aquí es donde se suele producir la ocupación a la que nos referíamos. Expresiones como «vuelos regulares», «trenes regulares», «ediciones regulares», «servicios regulares», «chequeos regulares», «cursos regulares», «emisiones regulares», etc. están a la orden del día. Incluso en el propio DRAE, se hace uso de una de ellas para definir su opuesto:

chárter. (Del ingl. charter).

adj. Dicho de un vuelo de aviación: Organizado con horario, recorrido y tarifa independientes de los vuelos regulares. U. t. c. s. m. Llegaron en un chárter.


Así pues, aun sin una mención explícita por parte de la Academia, se ha de entender que este uso, procedente muy probablemente del inglés, dada su enorme influencia en los ámbitos semánticos en los que se maneja la palabra, está admitido. La Fundación del Español Urgente dice al respecto:

«Es cierto que el peso del adjetivo inglés ha hecho que esa acepción de regular sea cada vez más frecuente, pero tiene algún apoyo en el hecho de que regular haya querido decir desde antiguo 'ajustado y conforme a regla', y así un tren regular significaba 'el que ha de salir en los días que prescribe el cuadro de servicio'. En cierta medida, el hecho de que lo periódico sea algo sometido a una regla fija influye en la creciente utilización de regular en el sentido anglicado de 'periódico'»
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Como en otros casos, la última palabra (nunca mejor dicho) la tiene el traductor, que es quien se suele encargar de este trasvase lingüístico día a día. De su criterio depende la continuidad o no de según qué usos, al menos en los textos que él o ella traduzca. Lo importante, en cualquier caso, es saber por qué elegimos lo que elegimos y no otra cosa.
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miércoles, 16 de mayo de 2007

LEÍSMO

No le deis motivos para reírse.

Para los que aún se arman líos con estas cosas (pa' los de Madrí, vamos).

Según el uso normativo que establece la Real Academia Española, y basándose en su origen etimológico, ésta sería su distribución*:

Complemento directo: (SINGULAR) lo, la / (PLURAL) los / las

Complemento indirecto: (SINGULAR) le (se) / (PLURAL) les (se)

Pero esta sencilla clasificación teórica no resulta tan fácil en la práctica. Hemos de tener en cuenta que en Madrid y otras zonas del centro peninsular los errores en el uso de los pronombres átonos son muy frecuentes, y que de ahí han pasado también a ser frecuentes en muchos de nuestros medios de comunicación.

1. LEÍSMO

Se denomina leísmo al fenómeno de utilizar los pronombres átonos le y les cuando lo correcto sería lo y los o la y las.

Al caballo le mataron después de la carrera.

Debería decirse:

Al caballo lo mataron después de la carrera.

ya que el pronombre átono hace la función de complemento directo.

El uso generalizado del uso de le como complemento directo cuando se refiere a un nombre masculino ha terminado por ser admitido por la Real Academia Española, y el uso ha venido a matizar un tanto la norma anterior. De esta manera, son correctos:

A Juan lo encontré en la puerta del cine.
A Juan le encontré en la puerta del cine.


Pero no si se refiere a un nombre femenino:

A Inés la encontré a la puerta del cine.

Así, sería incorrecto decir:

A Inés le encontré a la puerta del cine.

2. LAÍSMO

El laísmo, por su parte, consiste en la utilización de los pronombres átonos la y las en lugar de le y les como complemento indirecto. El hablante, de este modo, se siente en la obligación de marcar el género del referente.

A Inés la gusta mucho ir al cine.

Debería decirse, ya que se trata de un complemento indirecto:

A Inés le gusta ir al cine.

3. LOÍSMO

Por su parte, el loísmo consiste en la utilización de lo y los en lugar de los pronombre átonos de complemento indirecto: le y les. De los tres fenómenos reseñados, es el que se considera más vulgar.

A Juan lo ofrecieron trabajo la semana pasada.

Lo correcto sería:

A Juan le ofrecieron trabajo la semana pasada.

* Sacado de El museo de los horrores del Centro Virtual Cervantes.
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lunes, 14 de mayo de 2007

COMILLAS

Un caso siempre polémico con respecto al uso de las comillas es su combinación con otros signos de puntuación. En el apartado 5.10.7 de la OLE99, a este respecto decía la Academia:

Los signos de puntuación correspondientes al periodo en el que va inserto el texto entre comillas se colocan siempre después de la comillas de cierre. Ejemplos:

Sus palabras fueron: «No lo haré»; pero al final nos ayudó.

¿De verdad ha dicho: «Hasta luego»?

¡Menudo «collage»!


El texto recogido dentro de las comillas tiene una puntuación independiente y lleva sus propios signos ortográficos. Por eso, si el enunciado entre comillas es interrogativo o exclamativo, los signos de interrogación o exclamación se colocan dentro de éstas. Ejemplos:

Se dirigió al dependiente: «Por favor, ¿dónde puedo encontrar cañas de pescar?».

«¡Qué ganas tengo de que lleguen las vacaciones!», exclamó.

Dada la naturaleza y el formato de la Ortografía de la Academia, ahí acababan las explicaciones a este aspecto. Por su parte, Sousa, en su manual de ortografía y ortotipografía, le dedica más de dos páginas al asunto. Resumiendo, Sousa viene a denunciar la contradicción entre la premisa de que, según la RAE, «el texto recogido dentro de las comillas tiene una puntuación independiente» y su empeño por que el punto vaya siempre fuera de ellas. Hasta tal extremo llega la Academia, que en el DPD incluye la siguiente anotación a la regla de la puntuación independiente:

COMILLAS, 3, apartados b y c

De esta regla debe excluirse el punto, que se escribirá después de las comillas de cierre cuando el texto entrecomillado ocupe la parte final de un enunciado o de un texto. [...]

«No está el horno para bollos». Con estas palabras zanjó la discusión y se marchó.

Sousa, sin embargo, se apoya en la definición de punto que recoge el propio diccionario académico, como signo ortográfico «con que se indica el fin del sentido gramatical y lógico de un periodo o de una sola oración» para formular sus propias reglas:

a) si el texto entrecomillado comienza a principio de párrafo o después de punto, el punto ha de colocarse dentro de las comillas (es decir, que éstas abren y cierran el texto);

b) si el texto entrecomillado comienza después de dos puntos, coma, puntos suspensivos (no equivalentes a punto) u otro signo que no ejerza funciones de punto o en ausencia de signos de puntuación, el punto ha de colocarse después de las comillas de cierre (es decir, que éstas no han abierto el periodo o la oración y, por lo tanto, tampoco lo cierran).

A este respecto, se podría añadir que, además de las contradicciones de la Academia ya indicadas por Sousa, existe otra de orden más general. Si el criterio que este organismo viene empleando últimamente es el de amoldarse al uso general del lenguaje por parte de los hablantes, olvidándose en ocasiones incluso de la corrección (y así lo ha demostrado en el DPD), debería atender precisamente al uso que tradicionalmente se le ha venido dando a las comillas en este caso en particular en el lenguaje escrito. No sería un ejercicio demasiado complicado abrir un par de libros en castellano y buscar algún ejemplo de esta concurrencia de signos ortográficos para comprobar que la tendencia general se decanta por la lógica del gallego, más que por las imposiciones de la RAE.
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viernes, 11 de mayo de 2007

EVENTOS

Este vocablo tan extendido hoy en día en castellano es otro ejemplo más del indeseable trasvase de significados que acarrea el uso del inglés como lengua franca. Si uno lee cualquier periódico, visita una página web o escucha las noticias, no tardará en encontrar esta palabra en todo tipo de contextos, ya que una de sus principales cualidades es su enorme versatilidad. Según se desprende de su uso en tales medios, un «evento» puede ser desde un espectáculo de variedades, una entrega de premios, o una fiesta de aniversario a una despedida de soltera, un campeonato de bolos, un concierto, a la presentación de una colección de ropa. Vamos a analizar las acepciones que, a día de hoy, nos da el DRAE:

(Del lat. eventus).

1. m. acaecimiento.

2. m. Eventualidad, hecho imprevisto, o que puede acaecer.

3. m. Cuba, El Salv., Méx., Perú, Ur. y Ven. Suceso importante y programado, de índole social, académica, artística o deportiva.

Curioso que esta tercera acepción regionalista venga a significar lo opuesto a la segunda acepción, supuestamente utilizada en el resto de países castellanoparlantes, entre ellos, España. Si bien es cierto que no es éste el único caso en el que una misma palabra reúne significados paralelos pero incompatibles dependiendo del ámbito dialectal del idioma, habría que fijarse en las causas de esta incompatibilidad. Puede el diccionario CLAVE nos ayude a ello:

1 Suceso, esp. el imprevisto o el que no es seguro que ocurra: Si vas sin programar nada, debes estar preparada para cambios de planes y otros eventos.

2 Acto programado, de carácter social, académico, artístico o deportivo, esp. el que va dirigido a un gran número de personas: El organizador del evento está muy contento con la respuesta social que ha tenido.

ETIMOLOGÍA: La acepción 1, del latín eventus (resultado, acontecimiento). La acepción 2, del inglés event.

Esta última nota sobre los orígenes de las distintas acepciones nos puede indicar por dónde van los tiros. Si nos atenemos a ella, la primera acepción («suceso imprevisto») procedería del latín, mientras que la segunda («acto programado») nos habría llegado a través del inglés.

Obsérvese que en la actualidad, ambos diccionarios recogen, cada uno a su manera, esta última acepción proveniente del inglés. Sousa, en la edición de 2001 de su Diccionario de usos ya alertaba sobre la impropiedad de ese sentido en castellano, basándose en los significados tradicionales de dicha palabra recogidos en la edición de 1992 del propio DRAE. Las cosas han cambiado mucho desde entonces y, al parecer, hoy en día la propia Academia acepta como correcta la mencionada confluencia de significados, aunque yerra en su empeño de amoldarse al uso actual de la lengua al restringir la acepción de «acto programado» a los países indicados, puesto que, al menos en España, como ya hemos dicho, su uso está más que extendido. Dejando a un lado los propósitos de la Academia, se dan al menos dos motivos para rechazar este uso de «evento» en el castellano peninsular (al menos, en la práctica de la traducción):

-Por un lado, el oficio del traductor debería tener por objeto, entre otros, el actuar como filtro ante los trasvases lingüísticos innecesarios o perjudiciales para su lengua materna. Es evidente que en este caso ese filtro no ha funcionado como debería, pero eso no es motivo para abundar en el error.

-Por otro, la calidad de una traducción depende, en gran medida, de saber elegir la palabra adecuada en cada momento, para lo cual es esencial desconfiar de los falsos sinónimos y dosificar los hiperónimos. Desde siempre, en castellano han existido vocablos específicos para referirnos a los distintos tipos de «eventos» (espectáculo, fiesta, ceremonia, reunión, apertura, presentación, exposición, festival, feria, charla, simposio, conferencia, recital, concierto, muestra, etc.) vocablos que no habría por qué dejar en el olvido simplemente porque resulte más fácil ajustar nuestros campos semánticos a los anglosajones, e incluso anteponer éstos a aquéllos.
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jueves, 10 de mayo de 2007

EN SUS TÉRMINOS


De un tiempo a esta parte, puede escucharse en casi cualquier contexto la locución «en términos de», cuyo calco estructural de la expresión inglesa «in terms of» la delata como anglicismo sintáctico y, dada su enorme recurrencia, también de uso, pues está sustituyendo a alternativas más correctas como «en cuanto a», «por lo que se refiere a», «en función de», «partiendo de», «desde el punto de vista de». Es válida, no obstante, cuando se quiere citar de manera laxa lo apuntado por un autor, es decir, según sus propias palabras, por ejemplo: «En términos de Ortega y Gasset, la cultura es lo que hace el hombre cuando se hunde, para sobrenadar en la vida, creando valores, sentidos».
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También es más que frecuente la traducción de «Terms and Conditions» por «Términos y Condiciones», por ejemplo, en contratos o normativas de uso de cualquier tipo de servicio por Internet. Tradicionalmente, en castellano, este doblete nunca ha sido necesario para refrerirse a las cláusulas legales estipuladas en un determinado contexto, como así lo demuestran las denominaciones ya fijadas para cada uno de ellos: «condiciones de uso», «condiciones de pago», «condiciones de compra», «condiciones de crédito», «condiciones laborales», etc. Si echamos un vistazo al Diccionario de términos jurídicos de Alcaraz Varó y Hughes (el Alcaraz jurídico), tampoco veremos ningún «término». Sin embargo, aunque una de las acepciones del DRAE para «términos» sea la de «Condiciones con que se plantea un asunto o cuestión, o que se establecen en un contrato», su uso en el ámbito jurídico en el español de España no se corresponde con el del inglés, de modo que, en aras de una corrección estilística y no sólo semántica, sería preferible desechar este calco, ajeno a nuestro discurso jurídico.
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martes, 8 de mayo de 2007

ES LO MISMO PERO NO ES IGUAL

Isabel Pantoja, detenida en Marbella en relación a la Operación Malaya
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«La cantante ha salido de su casa sin esposas y ocultando su rostro con unas gafas de sol. Alrededor de la medianoche, el coche policial llegaba a la Comisaría Provincial de Málaga, donde Pantoja pasará la noche en los calabozos de la misma

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Esto se podía leer en la edición digital de El País del dos de mayo. Si nos olvidamos del esperpéntico titular (no sólo por el contenido sino por su construcción preposicional) y nos centramos en el párrafo extraído de la noticia, podremos ver un ejemplo de lo torpe y redundante que puede llegar a ser el lenguaje periodístico, cuyas fallas nos acaban salpicando a todos. Sobre el uso de «mismo» con valor anafórico, el DPD dice lo siguiente:


3. El adjetivo mismo puede sustantivarse, manteniendo los sentidos de identidad y de igualdad o semejanza que le son propios: «Sus ideas reformistas solo cambian de posición, pero son las mismas» (Vitier Sol [Cuba 1975]).
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A pesar de su extensión en el lenguaje administrativo y periodístico, es innecesario y desaconsejable el empleo de mismo como mero elemento anafórico, esto es, como elemento vacío de sentido cuya única función es recuperar otro elemento del discurso ya mencionado; en estos casos, siempre puede sustituirse mismo por otros elementos más propiamente anafóricos, como los demostrativos, los posesivos o los pronombres personales; así, en «Criticó al término de la asamblea las irregularidades que se habían producido durante el desarrollo de la misma» (País [Esp.] 1.6.85), pudo haberse dicho durante el desarrollo de esta o durante su desarrollo; en «Serían citados en la misma delegación a efecto de ampliar declaraciones y ratificar las mismas» (Excélsior [Méx.] 21.1.97), debería haberse dicho simplemente ratificarlas; en «El que su acción fuera efímera, innecesaria, no resta a la misma su significado» (Abc [Esp.] 29.9.74), hubiera sido mejor no le resta su significado.

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A menudo, su simple supresión no provoca pérdida alguna de contenido; así, en «Este año llegaremos a un billón en exportaciones, pero el 70 por ciento de las mismas se centra en el mercado europeo» (Razón [Esp.] 18.12.01), pudo decirse, simplemente, «...el 70 por ciento se centra..


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SADAM HUSEÍN O SADDAM HUSSEIN

Las transcripciones de las grafías en árabe suelen plantear muchos problemas, no solamente por su corrección, sino también por su difusión, puesto que a veces ésta se impone sobre aquélla. En el caso del famoso ex mandatario iraquí, la Fundéu dice:

No hay razón alguna para la doble s en Huseín, puesto que en árabe no la tiene (se trataría de una copia de la forma inglesa, donde se duplica para evitar que se pronuncie como s sonora). Sí tiene, en cambio, la doble d en Sadam, aunque al transcribirlo al español esa doble letra se simplifica: Sadam Huseín.

Aunque luego uno vaya a la wikipedia y se encuentre con todo lo contrario.
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martes, 1 de mayo de 2007

ESCUELA DE LA MANIPULACIÓN

LOS ÓSCAR

No, no fue un sueño.

Según se cuenta, las estatuillas que se otorgan durante la ceremonia de los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood se empezarían a conocer popularmente a partir de 1931 con el nombre de «Óscar» desde que la bibliotecaria de la Academia, Margaret Herrick, exclamara al verla que se parecía a su tío Óscar. Una vez identificada la culpable, veamos cómo habría que escribir este curioso palabro. Porque, si este nombre propio en inglés no lleva tilde, ¿debería llevarlo en castellano? Sousa, atendiendo al uso según dice, propuso en un primer momento no tildarlo:

DUDEA (Diccionario de usos y dudas del español actual), Sousa, ed. 2001

Oscar u Óscar. 2. En cuanto al nombre de la estatuilla con que anualmente se premian en Hollywood (Estados Unidos) las mejores películas y los mejores actores y directores, en español suele escribirse sin tilde y pronunciarse llano.

Como se puede ver, el término aparece en mayúscula pero, ¿se escribe siempre así? La RAE dice que no:

DPD (Diccionario panhispánico de dudas), RAE, ed. 2005

MAYÚSCULAS. 4.23. Las palabras que forman parte de la denominación oficial de premios, distinciones, certámenes y grandes acontecimientos culturales o deportivos: el Premio Cervantes, los Goya, la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, la Bienal de Venecia, la Feria del Libro, los Juegos Olímpicos. Por lo que respecta a los premios, cuando nos referimos al objeto material que los representa o a la persona que los ha recibido, se utiliza la minúscula:
Esa actriz ya tiene dos goyas; Ha colocado el óscar encima del televisor; Esta noche entrevistan al nobel de literatura de este año.

Sin embargo, el gallego no ve coherencia en este planeamiento:

OOEA (Ortografía y ortotipografía del español actual), Sousa, ed. 2004

6.6.3. Minusculización de otros derivados. [...] Creo que es más sólido el criterio de escribir con mayúscula los nombres de marcas y con minúscula los nombres de sus productos. Resulta chocante, a este respecto, que la misma Academia que aconseja esas mayúsculas diga también (DPD, en Internet, s. v. mayúsculas, § 3.2.23) que «En lo que se refiere a los premios, cuando nos referimos al objeto material que los representa o a la persona que los ha recibido, se utiliza la minúscula [...]» ¿Cómo es que no se puede escribir en Nueva York se subastaron dos picassos y sí se puede escribir esa actriz ya tiene dos goyas [...]?

Por su parte, la Fundéu (Fundación del Español Urgente) lo deja muy claro:

Óscares, no Oscars. 25/01/2007. La Fundéu, en su análisis diario de los medios de comunicación, advierte sobre el uso incorrecto del plural «Oscars». La Fundéu ha observado un uso erróneo de Oscars en casos como: «Una historia urbana muy taquillera, baza india para los "Oscars"» o «El próximo mes se harán públicas las cinco películas candidatas a representar a España en los "Oscars" de Hollywood». Óscar, término que designa a los famosos premios cinematográficos, está tan arraigado en nuestra lengua que se atiene a las normas de acentuación convencionales del español. De este modo, al ser una palabra llana acabada en r, debe llevar tilde en la o, y al tratarse de un nombre propio, debe escribirse con mayúscula inicial. Igualmente su plural ha de hacerse siguiendo las reglas del español, de manera que resulte Óscares (con tilde por ser esdrújula y con terminación de plural en –es por acabar en consonante), como ocurre con otras formas similares: máster/másteres o gánster/gánsteres. [...]Por ello, la Fundéu advierte de que el plural correcto de Óscar es Óscares [...].

Aunque desde instancias menos normativas y más difundidas, se empeñen en llevarles la contraria:

Diccionario del Libro de estilo de El País:

Oscar (plural, oscars). Premios que concede anualmente la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, con sede en Hollywood, Estados Unidos (en inglés, Academy of Motion Picture Arts and Sciences).

Se escribirá ‘el Premio Oscar a la mejor dirección se ha concedido este año a...’, con mayúscula inicial y en redonda, pero ‘película galardonada con tres oscars’, en minúsculas y cursiva. En ambos casos, sin acento en la o.

Como siempre ocurre en estos casos, tanta disparidad de criterios no hace sino dar lugar a la anarquía ortotipográfica. En cualquier caso, si aplicamos los razonamientos normativos y obviamos el hecho de que, a pesar de todo lo escrito, la palabra ni siquiera conste en el DRAE, a efectos prácticos, podríamos extraer las siguientes conclusiones:

-A pesar de tener origen extranjero, su arraigo en castellano es tal que se debería escribir tal y como se pronuncia (aunque no en todos los países castellanoparlantes, hay que añadir), es decir, /óskar/. Y como palabra llana acabada en «r», debería tildarse: «óscar». Hasta aquí de acuerdo.

-Los «Premios Óscar», como galardones, se escribirán con mayúscula inicial, por ser la denominación cuasioficial de los premios.

-Las estatuillas, es decir, los objetos que simbolizan el premio, se escribirían con minúsculas: un «óscar».

-Siguiendo con el argumento del arraigo, su plural también debería castellanizarse cuando hablamos del objeto: «Esta actriz ya tiene dos óscares». Sin embargo cuando nos referimos a los premios, debería escribirse en singular, «los premios Óscar», tal y como el DPD aconseja en el caso de los «Premios Nobel», pues se trata de una aposición especificativa, en la que el nombre propio «Óscar» precisa el sustantivo genérico «premio». Siendo así, cuando nos referimos a los «los Óscar» no estamos sino elidiendo dicho sustantivo genérico.

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