viernes, 11 de mayo de 2007

EVENTOS

Este vocablo tan extendido hoy en día en castellano es otro ejemplo más del indeseable trasvase de significados que acarrea el uso del inglés como lengua franca. Si uno lee cualquier periódico, visita una página web o escucha las noticias, no tardará en encontrar esta palabra en todo tipo de contextos, ya que una de sus principales cualidades es su enorme versatilidad. Según se desprende de su uso en tales medios, un «evento» puede ser desde un espectáculo de variedades, una entrega de premios, o una fiesta de aniversario a una despedida de soltera, un campeonato de bolos, un concierto, a la presentación de una colección de ropa. Vamos a analizar las acepciones que, a día de hoy, nos da el DRAE:

(Del lat. eventus).

1. m. acaecimiento.

2. m. Eventualidad, hecho imprevisto, o que puede acaecer.

3. m. Cuba, El Salv., Méx., Perú, Ur. y Ven. Suceso importante y programado, de índole social, académica, artística o deportiva.

Curioso que esta tercera acepción regionalista venga a significar lo opuesto a la segunda acepción, supuestamente utilizada en el resto de países castellanoparlantes, entre ellos, España. Si bien es cierto que no es éste el único caso en el que una misma palabra reúne significados paralelos pero incompatibles dependiendo del ámbito dialectal del idioma, habría que fijarse en las causas de esta incompatibilidad. Puede el diccionario CLAVE nos ayude a ello:

1 Suceso, esp. el imprevisto o el que no es seguro que ocurra: Si vas sin programar nada, debes estar preparada para cambios de planes y otros eventos.

2 Acto programado, de carácter social, académico, artístico o deportivo, esp. el que va dirigido a un gran número de personas: El organizador del evento está muy contento con la respuesta social que ha tenido.

ETIMOLOGÍA: La acepción 1, del latín eventus (resultado, acontecimiento). La acepción 2, del inglés event.

Esta última nota sobre los orígenes de las distintas acepciones nos puede indicar por dónde van los tiros. Si nos atenemos a ella, la primera acepción («suceso imprevisto») procedería del latín, mientras que la segunda («acto programado») nos habría llegado a través del inglés.

Obsérvese que en la actualidad, ambos diccionarios recogen, cada uno a su manera, esta última acepción proveniente del inglés. Sousa, en la edición de 2001 de su Diccionario de usos ya alertaba sobre la impropiedad de ese sentido en castellano, basándose en los significados tradicionales de dicha palabra recogidos en la edición de 1992 del propio DRAE. Las cosas han cambiado mucho desde entonces y, al parecer, hoy en día la propia Academia acepta como correcta la mencionada confluencia de significados, aunque yerra en su empeño de amoldarse al uso actual de la lengua al restringir la acepción de «acto programado» a los países indicados, puesto que, al menos en España, como ya hemos dicho, su uso está más que extendido. Dejando a un lado los propósitos de la Academia, se dan al menos dos motivos para rechazar este uso de «evento» en el castellano peninsular (al menos, en la práctica de la traducción):

-Por un lado, el oficio del traductor debería tener por objeto, entre otros, el actuar como filtro ante los trasvases lingüísticos innecesarios o perjudiciales para su lengua materna. Es evidente que en este caso ese filtro no ha funcionado como debería, pero eso no es motivo para abundar en el error.

-Por otro, la calidad de una traducción depende, en gran medida, de saber elegir la palabra adecuada en cada momento, para lo cual es esencial desconfiar de los falsos sinónimos y dosificar los hiperónimos. Desde siempre, en castellano han existido vocablos específicos para referirnos a los distintos tipos de «eventos» (espectáculo, fiesta, ceremonia, reunión, apertura, presentación, exposición, festival, feria, charla, simposio, conferencia, recital, concierto, muestra, etc.) vocablos que no habría por qué dejar en el olvido simplemente porque resulte más fácil ajustar nuestros campos semánticos a los anglosajones, e incluso anteponer éstos a aquéllos.
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