jueves, 31 de mayo de 2007

ZAS, EN TODA LA BOCA

.El otro día me encontré con esto, acá.
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Éste es un ejemplo (bastante chusco, eso sí) de que, de un tiempo a esta parte, la consideración del doblaje por parte de público y profesionales ha experimentado un cierto cambio. Con el desarrollo de las comunicaciones y el espectacular aumento del intercambio de productos audiovisuales, las vías tradicionales de la traducción audiovisual se han visto desbordadas hasta ser, en algunos medios, totalmente superadas. Esta innegable modificación en las costumbres de los espectadores no puede obviarse a la hora de dar cuenta de la recepción de las traducciones en dichos canales de comunicación.
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La posibilidad de acceder a materiales originales y la capacitación lingüística y cultural (en este aspecto en concreto) de las nuevas generaciones de espectadores españoles añade un nuevo factor al ya de por sí complejo entramado de la traducción audiovisual. Hoy en día, en muchas ocasiones, los espectadores tienen la opción de disfrutar de una obra audiovisual tanto en su versión original como traducida (ya sea en las salas de cine, en deuvedé, en la televisión o en Internet). La diversidad de la oferta y la versatilidad de la tecnología actual permiten que, además, en muchos casos se ofrezcan dos opciones de traducción: añadir subtítulos a la imagen o suplantar la pista sonora original con la traducida. Esta capacidad de decisión por parte del espectador genera, inevitablemente, un criterio propio, y la posibilidad de comparar ambas opciones le permite formarse una opinión sobre la adecuabilidad y calidad de la traducción, en cualquiera de sus dos modalidades.
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La tradición del doblaje en nuestro país lo convierte en un caso particularmente curioso. Por razones tanto económicas como políticas, la instauración y el posterior fomento de esta modalidad dejó poco margen para otras vías de acceso de los productos audiovisuales menos intrusivas por lo que se refiere, al menos, a los textos dialogados. Por tanto, esta capacidad de decisión por parte del espectador, relativamente reciente, abre una nueva puerta al disfrute de una obra sin sufrir la suplantación de la pista sonora original. En España, esta vía de acceso suele verse coadyuvada por una traducción escrita en la pantalla, lo que se ha dado en llamar «versión original subtitulada». Esta modalidad permite preservar las voces originales de la obra, lo cual evita la habitual sensación de suplantación lingüística en la recepción del doblaje. Así pues, el espectador puede acceder al contenido lingüístico sobrescrito en la pantalla sin dejar de escuchar la forma original de ese contenido en boca de oradores o interlocutores. Obviamente, ni una ni otra modalidad pueden garantizar una experiencia igual a la de la obra original, tan sólo aspirar a ofrecer una experiencia equivalente dentro de sus propias limitaciones.
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En cualquier caso, parece que la ministra ya se ha decantado por una de estas dos modalidades. Y es que, hoy en día, por muchas y muy diversas razones, el mundo del doblaje está cada vez peor visto, como bien dicen los que se dedican a ello.
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