jueves, 8 de noviembre de 2007

TENDENCIAS

Uno de los mayores riesgos que suelen correr las traducciones actuales es el de la visibilidad. La mayoría de las veces, dicha visibilidad es consecuencia de la transparencia de la versión traducida (por literalidad o calco) o bien de la superposición de la versión original y la traducida, como puede ser el caso de las ediciones bilingües de poesía o los subtítulos en la traducción audiovisual. Sin embargo, es cada vez más habitual que la visibilidad de la traducción no sea culpa ni del traductor ni del formato, sino de su destinatario.
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El acceso a Internet en el primer mundo ha supuesto una revolución para la traducción en muchísimos aspectos. Aparte de los más inmediatos, como son las incontables fuentes de referencia a disposición del traductor, la posibilidad de contactar con clientes y con otros traductores o enviar material al instante, o la multiplicidad de textos susceptibles de traducción que ha generado y sigue generando Internet, sus efectos se han dejado sentir en otro ámbito que también afecta a la labor de traducir y la pone al descubierto: los lectores meta.
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Hoy en día, es muy frecuente que los usuarios de Internet accedan a material escrito en muchas lenguas, más o menos ajenas a su cultura. El inglés, mal que nos pese a muchos, suele ser la lengua habitual para un gran porcentaje de usuarios que no se limita a informarse, divertirse, colaborar o generar información en su lengua materna. Para estos internautas, la traducción del material escrito del que hacen uso es simplemente una opción, no una necesidad.
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Si nos fijamos en el flujo tradicional de la traducción, y dejando a un lado las consecuencias culturales, lo que Internet ha supuesto (o, cuando menos, ha fomentado), es lo que yo llamo una «flecha al revés». En traducción, normalmente, la sucesión es la siguiente: producción del original > recepción del destinatario original > traducción al idioma meta > recepción del destinatario meta. Pues bien, esta flecha inversa llevaría al destinatario meta hasta la fase del destinatario original, saltándose el paso de la traducción antes de que ésta se produzca.
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Evidentemente, la recepción de esta información sin un filtro lingüístico y cultural profesional (es decir, sin un traductor de por medio) tiene consecuencias. En muchos casos, los consumidores de información en otros idiomas, generan a su vez información en su propia lengua, ya sea por profesión (periodistas, editores o publicistas, por ejemplo) o por devoción (en todo tipo de páginas personales de Internet). Y ahí es donde empiezan los problemas. No sólo para el público en general, sino también para el traductor. Porque siempre que el destinatario de una traducción utiliza términos de la lengua original, la traducción, además de resultar más visible, ha de luchar por imponerse al vocablo original. Y no es que esta «flecha al revés» sea algo nuevo. No hay más que pensar en las liturgias en latín de los antiguos territorios cristianos, en la filosofía, o en cualquiera de las ramas técnicas, desde la aeronáutica a la alta costura. Internet lo único que ha hecho es ensanchar esa flecha.
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Uno de los ámbitos en el que esto resulta más evidente es el del entretenimiento de masas, que desde hace años parece prácticamente monopolizado por empresas estadounidenses. Así, en cualquier publicación actual en castellano (profesional o no) sobre cine, televisión o música, no es difícil toparse con términos anglosajones como blockbuster, premier, spoiler, spin-off, cliffhanger, hits, reality, shares, late shows, talk shows, remix, cover, show, showcase, backstage, must, vintage, single, charts, rhythm & blues, jazz, blues, soul, pop, rock, fan y un largo etcétera; también son frecuentes los calcos como 'secuela', 'audiencia' o 'evento', además de las más o menos afortunadas adaptaciones gráficas y fonéticas como 'díyei', 'cedé', 'deuvedé', 'elepé', 'ipod' (pronunciado ipód o áipod), 'itunes' (pronunciado itúnes o áitiuns) o 'myspace' (pronunciado mái-espéis).
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Como hemos dicho, dada la omnipresente confluencia cultural que está acarreando la globalización económica, esa «flecha hacia atrás» parece inevitable. A los traductores no nos queda más remedio que aceptar que el público se adelanta a nuestras traducciones y que no somos los únicos que traducimos, versionamos y adaptamos. Ahí fuera hay mucha gente que lo hace, algunos bien y otros no. Pero sus traducciones, versiones y adaptaciones, al igual que las nuestras, ayudan a configurar el lenguaje y la cultura que nos ha tocado vivir.
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2 Comments:

  • At 11 de noviembre de 2007, 14:40, Blogger Pablo said…

    Bueno, supongo que el problema es que con los blogs y redes sociales los términos anglosajones se extienden rápidamente y da pereza acuñar un término nuevo. Además, seguramente los que no son traductores o no quieren cuidar el idioma no se van a poner a pensar en un término español en concreto (al menos sí una definición). Sin embargo, eso no significa que haya que recurrir a la solución por la que ha optado la mayoría; yo hace poco traduje screencast por demostración audiovisual y pocas veces he visto esa traducción. Eso sí, tuve que poner "una demostración audiovisual o screencast es...".

     
  • At 14 de noviembre de 2007, 7:21, Blogger whyidontbelieveingod said…

    Tienes razón en que, cuando se trata de conceptos relativamente nuevos y no hay una traducción "oficial" o demasiado extendida, sí hay margen de maniobra para intentar fijar una equivalencia correcta o funcional, pero en muchas ocasiones el traductor tiene que apechugar con lo que periodistas, informáticos o directivos han tenido a bien entender o dar a entender con un término, a veces por motivos que nada tienen que ver con la lengua.

     

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