lunes, 31 de diciembre de 2007

IMPLICACIONES MORALES DE LAS TECNOLOGÍAS DE TRADUCCIÓN (1 de 2)

La tecnología ha venido remodelando el concepto y la práctica de la traducción en muchos aspectos. Hasta no hace mucho, a un traductor únicamente se le pedía que trabajara con textos originales terminados, con la única ayuda de los diccionarios. Sólo se llamaba a los expertos cuando faltaban referencias o éstas eran incorrectas; pero, aun en tales casos, el traductor tenía la posibilidad de familiarizarse con el texto de origen hasta el punto de, en muchas ocasiones, convertirse él mismo en un experto en un determinado campo. El material escrito que se debía traducir se concebía, a grandes rasgos, como una unidad con principio y fin, lo que facilitaba la contextualización de los significados.

El proceso de globalización y la revolución tecnológica que le acompañó ha cambiado drásticamente la forma en que se genera y se procesa la información. Según Craciunescu et al. (2004), los avances en la comunicación han dado lugar a una «cultura de la pantalla» que tiende, cada día más, a sustituir el uso de materiales impresos, puesto que es muy fácil acceder a la información digital y transmitirla a otros equipos informáticos, lo que amplía las posibilidades para trabajar con ella.

Además de la tendencia, cada vez más extendida, a adoptar el formato digital para la generación de textos, una buena parte del material al que se enfrentan los traductores en su rutina cotidiana consiste en grandes proyectos de traducción, ya sea a través de Internet o no. Este tipo de trabajo se suele realizar con ayuda de aplicaciones informáticas, como los sistemas de traducción automática y los gestores de memorias de traducción. Dichas aplicaciones exigen desarrollar una nueva serie de competencias técnicas que suponen aprender a manipular diversos programas informáticos, ser capaz de gestionar el contenido traducido, ya sea para garantizar la coherencia de la terminología (programas de traducción automática) o para reutilizar las soluciones a los problemas de traducción en proyectos futuros (gestores de memorias de traducción). Como explican Biau Gil y Pym (2006:6), en el mundo de hoy en día:

«es posible, por tanto, que lo que se exige de nuestras traducciones ya no se ajuste al ideal de equivalencia entre dos textos fijados, sino que pase a ser una de las muchas revisiones del texto. En los campos de las tecnologías electrónicas, a los traductores ya no se les contrata para traducir textos completos, como se hacía en el caso de los libros con concordancias. La traducción, como la producción de textos en general, tiene más que ver con bases de datos, glosarios y toda una gama de herramientas electrónicas que con textos originales terminados y completos».

Los traductores también se sirven de gestores de memorias de traducción para trabajar con textos terminados, es decir, con material que sólo puede traducirse una vez, fundamentalmente para aumentar su base de datos. Hay muchos traductores cuya principal fuente de trabajo son textos para Internet y cuya función, en muchos casos, consiste en actualizar y adaptar textos previamente traducidos a otros contextos (una práctica muy común en la localización). Con independencia de las circunstancias tecnológicas en las que se empleen, es innegable que gracias a esos gestores,
los traductores han conseguido aumentar notablemente su velocidad y eficiencia.

No obstante, todas esas herramientas pensadas para ayudar al traductor también están afectando en muchos aspectos a la consideración de su trabajo. El motivo fundamental tiene que ver con el hecho de que el diseño de estas aplicaciones parece basarse en ciertas nociones que tradicionalmente han concebido la traducción como una operación de transferencia de contenidos preestablecidos y almacenados en el texto original, en la que el traductor se encarga de recuperar todo aquello que la máquina no ha sido capaz de procesar.

El presente trabajo, además de proponer un análisis de los principios básicos de la traducción automática y los gestores de memorias de traducción, pretende ahondar tanto en las contribuciones como en las transformaciones auspiciadas por el concepto actual de la labor del traductor mediante el uso de las herramientas mencionadas. Las ideas expuestas se dividen en dos apartados. En el primero se abordará la noción de texto original y traducción en el ámbito de la traducción automática para, a continuación, examinar los límites de la responsabilidad del traductor en la producción del texto final atendiendo a su papel en el proceso de postedición. En el segundo apartado se analizará la aplicación de las memorias de traducción, en especial los límites de la responsabilidad del traductor en la creación de bases de datos terminológicas y en la reutilización de segmentos idénticos o semejantes de traducciones anteriores almacenadas en las memorias. Por último, trataremos de llamar la atención sobre la situación creada por dichos medios tecnológicos, una situación que, a juicio de la autora del presente trabajo, parece suscitar cuestiones de carácter moral en torno a la imagen del traductor como recreador o corrector del material final traducido.
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Traducción automática: la ilusión de acceder a la fuente
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El ritmo actual del mundo exige a los traductores que realicen su trabajo con plazos de entrega cada vez más cortos. Este hecho, sumado al afán por reducir costes, parece ser una de las razones más poderosas para apoyar el uso de la traducción automática.
Desde el punto de vista de la actual demanda de traducciones inmediatas, el empleo de programas de traducción automática no se considera una ruptura con la tradición, sino un paso inevitable en el desarrollo de la práctica traductora.

Sin embargo, la creciente demanda en la aplicación de estos programas de traducción automática como medio de acelerar el proceso de traducción y reducir sus costes también está modificando el modo en que se leen y conciben los textos. Como bien apunta Cronin (2003:22), «si en una economía global basada en la información, lo que prima es acceder a dicha información de la manera más rápida posible, la traducción también dará preeminencia a la “esencia” del texto, una tendencia que puede verse reforzada por la “levedad” de las palabras en la pantalla y su fugaz existencia». El bajo umbral de tolerancia que muestran muchos usuarios se suele justificar aduciendo que lo que importa es acceder a la información contenida en el texto y que toda traducción, por mala que sea, es mejor que no contar con ninguna traducción.

La idea imperante entre esos usuarios es que el significado puede trasladarse de un idioma a otro y que los programas de traducción automática siempre logran transmitir un contenido general y estable, a pesar de que una operación de ese tipo tenga como resultado un texto inteligible sólo en líneas generales. La actual urgencia por comunicarse parece entroncar con la idea de que el contenido de todo material textual está inmovilizado en la fuente y que la traducción automática puede proporcionar acceso a dicha fuente. Tal y como afirma Hutchins (1999:4), la traducción automática representa una «solución ideal» para la traducción de textos pensada para asimilar información, es decir, para acceder directa y rápidamente a la fuente, puesto que:

«los traductores humanos no están preparados para producir traducciones "en bruto"
(y les molesta que se les pida) de documentos científicos y técnicos que puede que sólo lea una persona con el único objetivo de enterarse del contenido y la información general, sin preocuparse de si es o no inteligible, ni molestarse por la torpeza estilística o los errores gramaticales» (Hutchins, 1999, p. 4).

De acuerdo con esta opinión, si los programas de traducción automática se encargan de recuperar el contenido, aunque éste sea «poco elegante» e imperfecto, la función del traductor se ve limitada a corregir y adaptar estilísticamente el material traducido. Como suelen alegar los expertos en traducción automática, la automatización no debería verse como una sustitución de los traductores humanos, sino como una forma de aumentar su productividad (Kay, 1997), de complementar la traducción humana (Melby, 1997) o incluso de generar más empleo para los traductores humanos (Biau Gil & Pym, 2006).

Las controversias que plantea la traducción automática siempre parecen girar en torno a las apreciaciones sobre sus posibles usos y el recordatorio constante de que sus aplicaciones jamás podrán reemplazar las habilidades de los traductores humanos. No obstante, nada se dice acerca de los límites de la función del traductor en la construcción de la versión final del texto que traduce el ordenador. Dado que muchos usuarios dan por sentada la recuperación del significado original por parte del ordenador, la tarea del traductor se limitaría a rellenar algunos huecos y adaptar estilísticamente el texto traducido al idioma de destino.

Incluso si el mensaje parece ser incoherente en la «versión preliminar» que se genera automáticamente, sigue existiendo el convencimiento de que se ha recuperado la fuente y de que los traductores humanos tan sólo han de hacer unos cuantos retoques.

La correspondencia entre origen y destino ha sido materia de debate durante muchos años, y saber que ese debate afecta a los mismos cimientos del concepto de traducción automática nos lleva a replantearnos el papel que se le debería asignar al traductor en este esquema. Si aceptamos la idea de que el ordenador puede recuperar el texto original, podríamos estar en disposición de admitir que, en la fase de postedición que se le suele confiar al traductor humano, la tarea que se realizaría no sería tanto la de interpretar y reconstruir el significado en el idioma de destino, sino la de permitir que el significado recuperado automáticamente fuera comprensible mediante la revisión y la adaptación.

Adoptar esta perspectiva entraña el riesgo de que la labor del traductor quede oculta tras la del ordenador, al menos desde el punto de vista de la mayoría de los clientes. Por el contrario, en los planteamientos posmodernos, como ha recalcado el experto brasileño en Traducción Arrojo (1997), «jamás ninguna lectura podrá aspirar a repetir o proteger el texto de otra persona»; por tanto:

«el traductor visible que es consciente de su función e intenta que las motivaciones, lealtades y concesiones de su interpretación sean lo más explícitas posible es quien debe responsabilizarse del texto que genera, puesto que le resulta imposible esconderse en el anonimato del ideal de "invisibilidad" que supuestamente ha abandonado» (Arrojo, 1997:18).
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Aceptar la visibilidad, así como el sentido de responsabilidad ante la construcción del texto traducido, puede ser uno de los mecanismos más poderosos para que los traductores valoren su trabajo. Del mismo modo que se aprovechan de las posibilidades de la traducción automática, ya sea por decisión propia o por imposición del cliente, los traductores también deberían plantearse si la velocidad y coherencia terminológica que proporciona dicha tecnología es tan valiosa como para degradar su trabajo al de mero corrector, abandonando su función de transmisor de significados.
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Referencias
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ARROJO, Rosemary. Asymmetrical relations of power and the ethics of translation. TextconText, v. 11, p. 5-24, 1997.
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BIAU GIL, José Ramón; PYM, Anthony. Technology and Translation: a pedagogical overview. In: PYM, A., PEREKRESTENKO, A., STARINK, B. (Org.) (2006). Translation technology and its teaching. Tarragona, Spain. Available at . Access on June 22, 2006.
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CRACIUNESCU, Olivia; GERDING-SALAS, Constanza; STRINGER-O'KEEFFE, Susan. Machine translation and computer-assisted translation: a new way of translating? Translation Journal. v. 8, n. 3, jul. 2004. Available at: . Access on: May 15, 2006.
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CRONIN, Michael. Translation and globalization. London: Routledge, 2003.
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HUTCHINS, John. Translation Technology and the Translator. Proceedings of the Eleventh Conference of the Institute of Translation and Interpreting, London, May. 1997. Available at: . Access on May 10, 2006.
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______. The development and use of machine translation systems and computer-based translation tools. Proceedings of the International Symposium on Computer Language Information Processing. Xangai, June, 1999. Available at: . Access on May 10, 2006.
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KAY, Martin. The proper place of men and machines in language translation. In: Machine Translation. n. 12, p. 3-23, 1997.
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MELBY, Alan. Some notes on 'The Proper Place of Men and Machines in Language Translation'. In: Machine Translation. n. 12, p. 3-23, 1997.
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miércoles, 26 de diciembre de 2007

LA CASA POR EL TEJADO

Consistente, coherente, consecuente, cohesivo y cohesionado. Cinco palabras para cinco conceptos que se suelen encabalgar los unos a los otros con el inevitable solapamiento de significados y cuya consecuencia, en el mejor de los casos, es la pérdida de matices, y en el peor, la impropiedad léxica.
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Como éste, para que nos vamos a engañar, es un tema algo espesillo, recurriremos a frases de ejemplo para comprobar las diferencias entre los cinco términos indicados, tomando como motivo la foto que encabeza este artículo:
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1) consistente
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«Los materiales utilizados para la construcción de la casa parecen bastante consistentes.»
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Qué significa: que los materiales tienen consistencia, es decir, «duración, estabilidad, solidez».
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2) coherente
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«La colocación de esta casa no guarda coherencia alguna con el entorno.»
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Qué significa: que no existe una «conexión, relación o unión» entre la posición de esta casa y la de las casas de su entorno.
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3) consecuente
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«Lo que no se le puede negar al arquitecto es que no sea consecuente: siempre hace las casas boca abajo.»
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Qué significa: que el arquitecto ha diseñado la casa guardando una «correspondencia lógica» con sus principios arquitectónicos.
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4) cohesivo
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«Para poder levantar esa estructura inclinada, se tuvo que utilizar un sedimento cohesivo en la cimentación.»
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Qué significa: que el sedimento producía «unión entre las moléculas» de la cimentación.
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5) cohesionado
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«Una vez terminada, la casa daba la impresión de ser un conjunto perfectamente cohesionado.»
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Qué significa: que los elementos de que se compone la casa se unían o combinaban de manera perfecta.
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¿Que por qué se suelen confundir? Pues porque se traducen literalmente del inglés, porque en inglés consistent, además de 'consistente', significa 'coherente', 'consecuente' y 'constante', y cohesive, significa 'cohesionado', no 'cohesivo'. ¿Y por qué es malo que se confundan? Porque, como ya hemos dicho, se pierden matices y se cambian significados. Y porque se trata de palabras de origen latino que todo hispanohablante debería conocer, no a través del inglés, sino de su propia lengua.
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miércoles, 5 de diciembre de 2007

DE BANEOS DE LA LENGUA


Hoy leía esto en la «Revista de webs» de la versión digital de El País:
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Wikipedia tiene una lista secreta de correo
La lista utilizada por los administradores serviría para otorgar bloqueos y 'baneos'
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Confuso y curioso a partes iguales, fui a la susodicha Wikipedia en busca de respuestas, y ésta fue la que obtuve:
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En la jerga informática, se le llama ban a una restricción; ya sea total, parcial, temporal o permanente, de un usuario dentro de un sistema informático, generalmente una red. Al igual que muchos otros términos de la jerga informática, ban proviene del inglés y significa "prohibición".
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¿La jerga informática? ¿Qué jerga informática? ¿La de los informáticos o la de los programas informáticos? ¿Hasta qué punto una y otra son la misma? ¿Hasta qué punto una se puede dejar influir por la otra?
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Es bien sabido que muchos de los términos que manejan los informáticos son ingleses o calcos del inglés. También es bien sabido que, para muchos de esos términos ajenos al español no existía una traducción posible, ya que se trataba de conceptos totalmente nuevos. Sin embargo, lo que dentro de este campo puede parecer una tendencia (la de crear automáticamente neologismos a partir de palabras anglosajonas), no lo es tal. Es más bien un error.
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La creación de neologismos innecesarios puede tener diversas causas, pero una de las más habituales es la ignorancia. Fijémonos en el caso de 'banear' y 'baneo', por ejemplo. Para designar el concepto de «restricción, ya sea total, parcial, temporal o permanente, de un usuario dentro de un sistema informático», el idioma original no se ve obligado a crear una nueva palabra, sino que recurre a un término ya existente: 'ban'. 'Ban', en inglés, se emplea para todo tipo de prohibiciones reguladas y, por tanto, se puede aplicar también a las prohibiciones en Internet. ¿Por qué entonces en castellano se ha de crear una palabra nueva? ¿Para designar un concepto para el que ya existen términos en nuestro vocabulario? ¿Qué aporta 'banear' que no aporten 'prohibir' o 'vetar' en esos contextos? ¿Y si no aporta nada nuevo a la lengua, para qué sirve un neologismo? En mi opinión, para nada.
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De ahí que haya que establecer una diferencia entre la terminología que utilizan los expertos en informática en su día a día (con barbaridades como clicar, rutear, banear y hasta googlear) y la terminología propia de la informática, que, como en cualquier otro campo de especialidad, ha de gestionarse adecuadamente por profesionales tanto de la especialidad como de la lengua.
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