viernes, 29 de febrero de 2008

RETORCIENDO PALABRAS

El miedo del ser humano a las palabras, es decir, a la realidad por ellas nombrada, está en el origen de los rodeos, embozos y disfraces de que siempre se ha valido para hermosearla o maquillarla. El eufemismo cumple, pues, la función social de designar un objeto insoportable o enojoso y los efectos desagradables o molestos de este objeto sin nombrarlos expresamente. Sin recursos eufemísticos, esto es, sin metáforas, no habría poesía ni poetas, de modo que no vamos a cargar las tintas donde no debemos, que una cosa es la lengua y otra sus apéndices ideológicos.
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Pero el eufemismo es una muestra de enajenación con frecuencia perniciosa, porque, como dice Fernando Lázaro Carreter, «delata siempre temor a la realidad, deseo vergonzante de ocultarla y afán de aniquilarla». Bajo el antifaz de la defensa nacional se oculta la industria armamentística, que produce bombas inteligentes, balas limpias y otros artilugios fulgurantes útiles para emprender ataques preventivos, incursiones aéreas, limpiezas étnicas y otras formas de injerencia humanitaria, daños colaterales incluidos... Las desigualdades económicas y sociales toman el disfraz de simples desequilibrios propios del comportamiento de la economía, que a veces, sobre todo en tiempos de crecimiento cero y crecimiento negativo, obliga a ajustes o remodelaciones de precios, cuando no a flexibilizaciones de plantillas, descontrataciones, desreclutamientos, desregulaciones, incentivaciones de ocupaciones alternativas y aun a reducciones de redundancias. Estos y otros aderezos mendaces no tienen nada de inocentes, como es sabido, y tampoco cabe atribuirlos a la invención de los hablantes... Al contrario, se idean en despachos descollantes y se expanden como infundios gracias en gran parte a medios de comunicación diligentes y a periodistas y otros profesionales de prestigio extraviados y propicios.
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